EL DISPUTADO VOTO DEL SEÑOR CAYO.

Miguel Delibes es el escritor español que mejor ha retratado a través de sus obras la problemática del mundo rural y su contraposición a la cultura urbana. Se encargó con esmero de presentar la realidad de los pueblos , denunció el abandono secular del campo y predicó contra viento y marea la necesidad de revalorizar la vida en esos espacios, para así frenar la despoblación y armonizar el desarrollo y el progreso en una línea más humana y más acorde con la naturaleza.

Delibes, en su novela El Disputado voto del señor Cayo, nos cuenta cómo tres jóvenes políticos urbanitas, hijos de una sociedad formalista y tecnológica, realizan un viaje a un pueblo en el norte de Burgos, prácticamente vacío y en ruinas, con el objetivo de conseguir votos en las primeras elecciones municipales del proceso de Transición Democrática a finales de los años setenta. Los recibe el señor Cayo, uno de los tres vecinos que quedan en el lugar. En los diálogos  que se establecen entre los tres jóvenes, que han crecido con el ruido y las luces de la ciudad, y el señor Cayo, hombre rural por excelencia, aparece reflejada esa dicotomía urbana-rural que ha sido una constante en la historia contemporánea de España, que pone en evidencia las diferencias que separan ambas culturas en sus formas de vivir y de ver el mundo. Sirva como ejemplo la respuesta  del señor Cayo ante la perorata política que le lanza el joven diputado Víctor: “me parece a mí que no vamos a entendernos”, dicho con su hablar pausado y lleno de sabiduría ancestral, no adquirida precisamente en la universidad, sino en la experiencia de la vida.

En otro de los pasajes de la novela, Rafa, el más joven de los tres urbanitas exclama: “Por aquí no pasa un alma desde el treinta y seis. Si algún día me pierdo no me busquéis por aquí. Esto está bien para las ovejas”. El comentario demuestra que a una persona que ha vivido en una ciudad le resultará muy complicado enfrentarse a ese mundo de soledad que predomina en ciertos enclaves remotos y llenos de  abandono. El tipo de vida que se lleva en las comunidades pequeñas no vale para todo el mundo. El círculo social suele ser reducido, a veces inexistente, pero se establecen otro tipo de rutinas que favorecen la introspección  y la contemplación con mucha quietud, aunque muy alejadas de la imagen bucólica que algunos tienen en su mente.

También se puede dar la circunstancia que cuantos menos habitantes viven en un pueblo, peor es la relación personal. Muchas veces lo que subyace es cierta conflictividad social soterrada que pasa desapercibida porque las zonas rurales son invisibles a los medios de comunicación y a las élites políticas. El diputado Víctor le pregunta al señor Cayo: “¿Es que sólo queda usted aquí?”. El señor Cayo le responde con habla pausada, con cierta solemnidad: “también queda ése, pero háganse cuenta de que si hablan con ése no hablan conmigo. De modo que elijan. Ya ve, y todavía sobramos uno. Aquí contra menos somos, peor avenidos estamos”.

Qué contraste el hecho de que millones de personas vivan hacinadas en el anonimato en poco espacio en  grandes ciudades, con una urbanización a menudo descontrolada, y la poca gente asentada de forma dispersa en ámbitos rurales de gran extensión, observando el lánguido y monótono ir y venir de los días, personas que residen en pueblos diminutos, pueblos que estaban al límite  pero ya han caído al precipicio en súbito desplome, lugares de inactividad total, cada vez más degradados con carencias de habitabilidad, ausencia de algunos servicios básicos, y difícil accesibilidad, particularmente en zonas montañosas. El desmoronamiento de lo que otrora albergó vida es una tragedia silenciosa que hace acto de presencia sin prisa pero sin pausa. Muchos pueblos del territorio español ya son sólo  un lejano fantasma de lo que fueron. Son lugares decadentes  que carecen de sutura viable y  tienen la fecha de caducidad próxima.

Muchos enclaves del interior, como nuestra comarca, aislados en los rincones del olvido debido al problema de la despoblación, han dejado de ser una realidad activa y dinámica como decía Ortega y Gasset en La España invertebrada, y se han convertido en territorios muertos, sin ambiciones ni ilusiones, como si les hubieran arrancado el alma de cuajo en un proceso mudo, conmovedor y cruel. Se quedaron en la época preindustrial y ahí siguen, al margen del progreso, sin ningún atisbo  de proyecto económico y social que pudiera atemperar el proceso de decadencia. Hacer brotar creatividad y riqueza en páramos desolados, despoblados y uniformes es algo muy difícil de llevar a cabo.

La novela de Delibes, a la que hacíamos referencia, se publicó en 1978, pero está de rabiosa actualidad y sigue teniendo vigencia. En el momento presente hay multitud de pueblos, aislados y casi abandonados, con una cantidad mínima de habitantes, donde  hay personajes como el señor Cayo, protagonista del relato, que vive aislado en las montañas con 80 años, que han decidido permanecer fieles a la tierra que les vio nacer y que nunca proyectaron abandonar. Viven felices, con entrañable sencillez, ajenos a los refinamientos de la modernidad, al margen de la sociedad consumista, con escasa hacienda y bajo numerario, pero  no tienen la percepción de ser pobres porque han tenido lo necesario para vivir con dignidad y se han conformado con poco, apartados de la ambición arribista de los tinglados modernos y ajenos a la intolerancia del fanatismo.  Han seguido confiados  los dictados del corazón; siempre han creído vivir en lo más alto  de los cosmos viables, y  han situado su lugar en el mundo en el sitio que les vio crecer, considerando la vida un viaje sólo de ida, en una aventura irrepetible con el sello de lo original y de lo auténtico, fiándose y encomendándose a sí mismos.

 Para el señor Cayo, de orígenes humildes, todo está bien en el lugar donde vive, a pesar de las adversidades abrumadoras que tiene que soportar. Sigue el consejo de sus ancestros que le dijeron que: “el trabajo mantiene a raya a tres grandes males: el aburrimiento, el vicio y la necesidad”.

El señor Cayo, de corazón labriego, hombre de orden hecho a sí mismo y filósofo práctico, posee unas  creencias estables y coherentes, que se van amoldando de forma natural a la situación de despoblamiento que sucede a su alrededor. Es inteligente porque la inteligencia es la capacidad a adaptarse a los acontecimientos nuevos que  sobrevienen. Actúa con eficiencia dentro de la escasez de recursos, lo que hace que tenga agudizado el ingenio. No se da por vencido y mantiene  una perspectiva realista respecto al futuro, mostrando aprecio y afecto por todo lo que le rodea y por todo lo que pasó por su vida. Se acuerda del Paulino, que levantando las cartas de la baraja predijo con varios años de antelación la fecha exacta de su propia muerte, y el Bernardo, un lleva-contrarias, que se apostó el importe de la caja, las copas y  los gastos del funeral a que en dicha fecha no se produciría el deceso, pero increíblemente  perdió la apuesta porque el Paulino en la fecha concertada se ahorcó.

El señor Cayo, el alma mater  de la novela, mantiene en su memoria los sucesos lejanos en el tiempo, en el laberinto de viejos caminos,  dando importancia a los acontecimientos que ponen de manifiesto los anhelos y afanes pasados. Cuando les va enseñando a los jóvenes lo que queda del pueblo, se para en el antiguo bar, ya en desuso,  abre la puerta entornada, y sólo se ven las cuatro paredes desconchadas. En un simple ejercicio de nostalgia exclama: “Ande, que buenas las hemos formado aquí, en las fiestas, en los domingos, y en el sorteo de los quintos y a cada paso”.  El espíritu jaranero y festivo siempre ha estado presente en la vida de los pequeños pueblos agrícolas  y el bar siempre ha sido lugar de encuentro y celebración, testigo de diálogos a veces descabellados en torno a la barra, producto del exceso de alcohol, pues la actividad predominante solía ser beber a morro botellines de cerveza, uno tras otro, con la alegría por bandera. Los hombres más mayores, con las boinas negras caladas hasta los ojos, fumaban parsimoniosamente tabaco de picadura. Con la colilla apagada y húmeda colgando de los labios   contemplaban venir la tarde en torno a unos vasos de vino tinto. Bebían, conversaban y reían, mientras  otros jugaban a las cartas sin parar hasta que ya, al anochecer, se levantaban todos, se ponían el tapabocas y la pelliza, y cada cual se iba a su casa.

 Siempre se suelen mirar con melancolía los tiempos pasados, igual que se miran los sueños  que se truncaron.  Lo que engrandece la evocación de los hechos de antaño es el espíritu con que se vivieron, la propia juventud y su inherente luminosidad. Por eso siempre se vuelve a los orígenes con palabras estiradas y con las emociones  brotando sin filtro, como si fuera una pasión que nos vinculó irremediablemente a un lugar que fue mutando pero conservó el amor genuino. Fueron vivencias, problemas, tentaciones, intercambios e ideas de una etapa dejada atrás y siempre recordada. Decía Góngora: “ayer maravilla fui, hoy sombra de mí no soy”.

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Las grandes masas de población rural que abandonaron el campo y el simultáneo crecimiento exponencial de las grandes urbes fueron antaño un fenómeno de primer orden que supuso el definitivo establecimiento de una plena sociedad industrial y urbana, acompañado de una gran transformación social. Fue la evolución de la economía  la base motriz determinante del proceso migratorio que nos condujo a nuevo modelo de crecimiento que supuso la incorporación de España en la economía internacional, tanto en la versión financiera como comercial, con la entrada de capital extranjero  y una mayor liberalización del comercio exterior, abandonando la vieja política arancelaria. Todo ello favoreció nuestra entrada a la Unión Europea, haciendo que nuestra sociedad actualmente sea básicamente urbana con preponderancia sobre lo rural, que en estos momentos tiene una importancia residual. Esta tendencia social y económica ha provocado que en los pueblos haya mucha menos gente y que personas como el señor Cayo cada día que pasa sean una especie en extinción, y como dice Víctor el diputado, apuntando a los últimos edificios del pueblo, con los tejados vencidos y los pajares desventrados: “hemos dejado morir una cultura sin mover un dedo”.

JOSÉ  RAMIRO  GARCÍA.

Esta entrada tiene 7 comentarios

  1. Jugosas reflexiones, Ramiro. ¡Enhorabuena!

  2. Uno mas de los articulos de Jose Ramiro que retratan a la perfeccion, como una fotografia en blanco y negro, la realidad tragica de la España despoblada, que, a grandes rasgos, es la misma en el Señorio de Molina, que en Soria o Teruel.

  3. Este nuevo articulo de José Ramiro muestra la evolución de lo rural que va más allá de la añoranza, de un escenario en un tiempo pasado que no volverá y es más, una ruptura que transciende lo personal y lo concreto de esta tierra abandonada y sus gentes con consecuencias que ya se pueden proclamar: un cambio cultural y medioambiental de ámbito global.
    Un me gusta.

  4. José, tristísimo y maravillosos artículo, felicidades….¡¡¡¡¡

    Pdta: un día hablaremos de esa foto que has puesto en el artículo…me interesa.

  5. Un bonito y acertado artículo de alguien que siente su tierra muy dentro. Felicidades¡¡¡¡

  6. Después de disfrutar de este artículo, dado mis pocos conocimientos del tema, puedo decir que el avance del país y su incorporación a Europa, han hecho del abandono de los pueblos su principal problema, aunque estimo que todos de diferenrtes formas hemos ayudado al crecimiento de esta problemática de los pueblos, y puedo pensar que la recuperación sólo es posible con la aplicación de las nuevas tecnologías, para de que de esa forma se inicie una retoalimentación de los habitantes, pues podran trabajar desde el mismo medio rural, y siempre con la cooperación del estado.
    Además se refleja en el artículo tus raices y tu compromiso con tu tierra.

    ALBERTO SÁNCHEZ VÁZQUEZ

  7. El presente no da muchas alegrias a las zonas rurales. La crisis económica actual, la cultura existente son grandes obstáculos al desarrollo rural.
    Pienso que en un futuro a medio plazo las cosas van a ir cambiando. Se precisarán grandes extensiones para instalar aerogeneradores y placas fotovoltaicas cuando sustituyamos la energía extraida del petroleo, por energia solar y eólica. Valga como ejemplo el expuesto, ya que van a existir nuevas oportunidades que nos traerá el avance tecnológico en la ciudad, con el necesario desarrollo del entorno rural.
    Nuestra generación y las venideras vamos a tener que ir implementando el nuevo rumbo de las cosas que va a implicar al campo de muy diversas formas. Sólo falta que los individuos y los dirigentes sociales tomemos conciencia y nos pongamos manos a la obra. Puede ser una gran aportación de nuesta generación a los que vienen por detrás. Un Plan Marshall hecho por conciudadanos que creemos en el futuro de nuestro país basado en la iniciativa y el trabajo.
    Felicidades por el articulo José.

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