Espacios silenciosos

        Esos días de quietud y silencio, en los que nos sumió el maldito y coronado virus, resultaron largos y tediosos. Fue necesario buscar entre nuestro repertorio de habilidades, aquellas que nos permitieran entretener nuestra mente, mantenerla activa, alejarla del ronroneo permanente de los medios de comunicación sobre datos, evolución de los mismos, comparación con el proceso que seguía la pandemia en otros lugares de nuestro entorno o de nuestras antípodas; opiniones algunas acertadas, más veces enconadas entre los políticos de turno.

        Era bueno estar informados y necesario, yo agradecía que me informasen. No me ocurría lo mismo cuando repetían hasta la saciedad imágenes y frases que  herían, que llegaban al insulto más descarnado, que descalificaban el proceso seguido por los responsables. Miedo ya tenía, angustia también. Esa dosis estaba cubierta. Se manifestaba en forma de pesadillas nocturnas, que hacían las noches no largas, eternas, a pesar de estar en primavera. Se sucedían esas noches en los que los sueños equivocan su función y en lugar de proporcionar descanso, generan inquietud.

        Necesitaba confianza, que me dieran esperanza cuando la hubiese, que favorecieran el que pudiera soñar despierta. Que cuando hubiera informaciones negativas no quería ignorarlas, pero tampoco que se recreasen en ellas. Si tenían ideas para mejorar la situación que las aportasen, si no que las buscasen, mientras, un poco de respeto y silencio.

        Cuánto añoraba estos días mi casa del pueblo. Allí también estaría confinada y respetaría igual que aquí las normas impuestas, pero vería cómo evolucionaba la naturaleza, cómo aprovechaban las plantas las horas de luz para seguir su proceso de crecimiento.

        Desde el porche,  seguiría la línea que marca la caída de la tarde y comprobaría cómo iba avanzando el punto en el que se ocultaba el sol. Cuidaría mi jardín y  pondría retos a los rosales, animándolos a ellos y a mi pensamiento para ver qué capullo abría antes y qué flor sería la más perfumada.

        Esperaría la mañana en la que hubieran abierto las primeras lilas, disfrutaría de su perfume tenue sin necesidad de ponerlas en un vaso con agua; no sería necesario, lo comprobaría sentada junto al lilo; mientras leería. Todo esto lo haría en silencio, sólo lo romperían los pájaros.

        Estaría muy pendiente de la información meteorológica. En ninguna parte me importa tanto los cambios de tiempo, como cuando voy a ir o estoy en el pueblo. Son dos razones las que me explican ese interés desmedido por la temperatura en el entorno de aquel Señorío. La primera es que allí, estoy mucho tiempo en la calle, y la segunda es que se trata del Señorío de Molina y, no es que tenga fama de ser zona muy fría, es que lo es. Por eso importan mucho las oscilaciones térmicas, de ellas depende que los albaricoques tardíos que podemos saborear en julio y agosto no cuajen, porque una helada tardía de mayo los haya quemado.

        Aunque el frío sea intenso los lugareños han sabido adaptarse a él y sacar partido a ese inconveniente de la mejor forma posible, a lo largo de los tiempos. Han adaptado a esa circunstancia la explotación de los cultivos para que se adecuen a ese frío, que tienen garantizado y que se convierte en una temperatura envidiable en verano.

        Cuando soñaba con poder ir allí, en cuanto fuera posible y las condiciones de la desescalada lo permitieran, me imaginaba cómo estaría la hierba, tras una primavera que, por ser anormal, lo había sido hasta en la cantidad de lluvia caída. Visualizaba las hiedras que tapizan las paredes, tendrían unas tonalidades verdes, a las que el sol directo de la tarde les sacaría unos brillos y una variedad tan grande de matices. Imaginarlos me daba fuerza y me aumentaba las ganas de verlos. Seguro que los rosales estarían llenos de brotes y algún tempranero capullo se habría adelantado y estaría cuajando una rosa en su interior, fabricando su perfume, coloreando sus pétalos.

        El tiempo de confinamiento y la duración de las fases de salida del mismo se alargaban. El paso de los días nos lo confirmaba una luna llena de mayo, grande, brillante, desafiante en un cielo que estaba más limpio esta primavera. Era la segunda  luna llena de primavera que vivimos en estas circunstancias. Una vez más, comparaba esta imagen con las lunas llenas que cada verano disfrutamos en la limpieza del cielo de nuestra fría, alta y despejada paramera.

        Una de las cosas más extraordinarias, en esas noches de verano, es la contemplación de las estrellas fugaces en el entorno del diez de agosto. En un cielo tan limpio y con cero contaminación lumínica se sigue el recorrido de las «perseidas» sin más recursos que una hamaca que te permita mantener la mirada fija en la estrellada bóveda, de un profundo negro, matizada por incontables puntos estelares muy brillantes. Conviene tener a mano una mantita, también en agosto, por si se mueve el viento.

        Aún viviríamos encerrados una tercera luna llena y puede, que otras más. Ojalá este sacrificio sirva para vencer a este virus que nos está condicionando la forma de vivir.

        La humedad contenida en el ambiente hizo que con la llegada de los primeros calores las nubes de tormenta crecieran durante muchos días. En la zonas elevadas y  sin protección de montañas y arboledas, como son las parameras, las tormentas son muy dañinas. Hacia el final de la primavera, se sucedieron sin contención varios episodios de borrascas descontroladas. Cuando las noticias meteorológicas exhibían los mapas de concentración de éstos, iba imaginando alguna rama de rosal tronchada, flores deshojadas y desprovistas de su brillo, alguna rama de árbol caída. Imaginaba que seguirían estirados e invencibles los cardos, que estarían abriendo unas flores rosas despampanantes, también son bonitas, pero no son tan valoradas; las espinas que las rodean no favorece que sean merecedoras de la estima que sí tienen otras flores.

        Suponía que los albaricoques habrían caído al suelo, como el resto de la fruta. Nos llegaban, a través de las redes, imágenes del desastre de las «turumbescas» que se habían sucedido. El gran daño que podían ocasionar en los cultivos de cereales. Imaginaba los granizos saltando sobre las espigas granadas. Vaya catástrofe. Pero me conformaba pensando que no podía haber otra esa primavera.

        La pandemia evolucionaba bien, íbamos a poder salir del encierro provinciano, quería ir a ver cómo estaba nuestro jardín, tenía miedo, había pensado tanto en ello…

        Fue dura la primera imagen. Los almendrucos estaban en el suelo, habían caído antes de cuajar. Varias ramas de rosal partidas, algunas llenas de flores marchitas. La hierba ya estaba espigada y seca, necesitaba muchas pasadas de desbrozadora para ir abriendo espacio, se arreglaría echando unas horas y desescombrando la maleza. Junto a la piscina había caído una arizónica, sus hojas estaban resecas y quemadas porque las temperaturas ya eran altas. Ya era verano.

        Aquella vista produjo en mí una imagen dantesca, ocasionó un efecto tormenta en mi mente, a mi rostro llegó el efecto en forma de lágrimas. Reaccioné, no era momento de lamentos, todo se arreglaría con ánimo y un poco de esfuerzo.

        Entre la maleza había cantidad de avispas, gusanos, hormigas, arañas; tenían muy organizada la cadena trófica, los pájaros también tenían su hueco y entre las rosas supervivientes se oía el zumbido de las abejas. Seguía la vida. Había que favorecer que siguiera y que pudiéramos disfrutarla.  

        Después nos esperaban largas caminatas por el campo. Lagunas llenas de agua, croar de ranas satisfechas, para ellas había sido muy favorable la cantidad de agua almacenada. Conciertos de grillos que cada noche nos acompañarán, durante el tiempo de contemplación de las estrellas y, cada mañana, volverá a sonar en la arboleda el despertar de los cuervos que emprenden su vuelo matinal a las primeras señales de luz que el sol les envía. Se van a pasar el día a los roquedales. A las «Piedras de la Dehesa».

        A la caída de la tarde regresarán. A nosotros nos visitarán las golondrinas, les gusta acercarse al borde de la piscina a lavar su piquito y a hidratarse después del último vuelo del día. Estos sonidos que nos acompañarán durante el verano, tienen un efecto sedante, como los del silencio, cuando es deseado.

Perla Díez Arcos ( Tortuera, 1949 ), Doctora en Pedagogía por la UNED. Larga experiencia docente en todos los niveles del Sistema Educativo. Formadora de Formadores.

Esta entrada tiene 4 comentarios

  1. El artículo nos ofrece una recreación literaria del entorno natural hecha con gran maestría y brillantez, que nos debe hacer reflexionar sobre el auténtico valor de tener un medio ambiente bien cuidado y no sólo por motivos estéticos sino por motivos de salud y de bienestar colectivo.
    Enhorabuena por el escrito.

  2. Cualquier elogio que pretendiera dedicarle al relato de Perla se quedaría corto. ¡Enhorabuena!

  3. Muchas gracias por compartir las reflexiones que te sugiere la lectura de mi aportación.

  4. Lo has leído con muy buena voluntad. Gracias.

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