Ritos de otoño. El día del Domund en Tortuera

     Cuando atraviesas una población es fácil que sin plantearlo hagas una composición de cómo será la vida en ese entorno. Si hay mucho  movimiento de personas o de coches, le adjudicas que tiene mucha vida. Lo que sí tiene es mucho ruido. Si en la travesía no encuentras a nadie que cruce el paso de cebra, si lo hay, la adjudicación es que allí no hay vida. Seguro que nunca pasa nada.

     Craso error. En el segundo caso está mi pueblo, Tortuera. Claro que había y sigue habiendo vida. Una vida diferente. No se puede medir con los mismos parámetros que lo que llamamos tener mucha vida en otros entornos.

     De esa vida rural y silenciosa están impregnados los recuerdos de mi infancia. Como son muchos se han organizado, sin necesidad de que nadie haya puesto nombres a las carpetas que guardan esos archivos. Cuando pienso en otoño aparecen una serie de ritos, vuelta a la escuela, llegaba el frío, íbamos a por setas, era la feria del ganado y otros menos pegados al terruño, porque son compartidos.

     El tercer domingo de octubre se celebraba el día del Domund, Domingo Mundial de las Misiones. Era el momento de nuestra formación académica en el que nos enterábamos de que en el mundo vivíamos gentes diferentes,  aprendíamos la existencia de varias razas: blanca, negra, amarilla y cobriza, lo apoyábamos en un único soporte visual, las huchas de la Santa Infancia. Aquellas huchas estaban en el armario de la escuela y la celebración de  ese evento consistía en que la maestra las ponía encima de su mesa, para que tras la información que nos daba sobre la necesidad de bautizar a un negrito, echásemos nuestro dinero en la hucha.

     Las huchas han evolucionado con los años, pasando por modelos de hojalata o de plástico, más fáciles de manejar y con menos riesgo de romperse. En nuestro caso no había problema de que las rompiésemos,  porque nunca fuimos a pedir por la calle con las huchas, únicamente las tocaba la maestra y nosotras íbamos pasando a depositar nuestras pesetas, no sé si ese dinero tenía algún apelativo especial, no lo recuerdo, sería limosna.

     Tampoco teníamos a nuestro alcance toda la parafernalia que más tarde ha surgido en torno a los «días de cuestación», acompañados de pegatinas, banderines, globos para gratificar a quienes entregan un donativo más sustancioso, tampoco necesitábamos los brazaletes, identificadores de las personas que hacen la recaudación; podríamos considerar que mesa petitoria sí había, la de la maestra.

     A pesar de que nuestra situación económica no sé cuánto se diferenciaría de la de aquellos «pobres negritos», creo que el apelativo de pobres estaba en función de que esos niños no estaban bautizados y eso nosotras sí estábamos. El objetivo de esta celebración era traer dinero a la hucha para bautizar a un negrito, nunca a un amarillo ni a un cobrizo. La tarea consistía en rellenar un papel y poner en él el nombre del nuevo cristiano y echar a la hucha la cantidad señalada, 10 pesetas. Si consideramos que a nosotras  nos correspondía una paga semanal de 1 peseta para comprarnos el chicle «bazoca» del domingo, esto era un dispendio. Yo no lo sacaba de mi hucha, creo que no tenía; me lo daba mi madre, ella era la administradora.

     Los nombres que elegí eran los que en ese momento me resultaban familiares, también los había raros, pero los elegía con un poco de clase:  Mari-Carmen, Mari-Pili, Mari-Tere; siempre con algún Mari. Ahí, había una clara manipulación por parte de alguien, nadie ha conocido a ninguno de los negros que han venido  a nuestro país, que tuviesen ni de lejos estos nombres que nosotras elegimos, ojalá sólo se manipulase el nombre.

     Por parte de las niñas de nuestro entorno no era posible que hiciésemos pequeñas sisas, como no se movían las huchas de la mesa del maestra, ese riesgo no se corría.

     Nos recordaban que teníamos que rezar por el niño o la niña al que habíamos bautizado, la oración venía después de la limosna, que era condición imprescindible para bautizarlo. Esta misma experiencia la continué viviendo durante los años de internado, en el medio urbano sucedía lo mismo. La diferencia es que allí no estaba mi madre para darme las 10 pesetas, las tenía que sacar del dinero que tuviese para mis gastos personales. Un sablazo. En el colegio se publicitaba el número de bautizos de cada clase. La monja nos estimulaba a ser la clase campeona.

     Actualmente cuando se habla de apadrinar a un niño, en campañas organizadas por diferentes instituciones, te facilitan una foto, una forma de contactar con esa familia, incluso esos niños viajan a casa de la familia que los apadrina. Hay un contacto físico.

     Entonces sólo contactábamos con la oración, todo muy etéreo, bueno primero con la limosna, que era lo único palpable.

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