Evocaciones casuales

Una mañana de final de mayo, paseaba por el parque y me sorprendió una fila de madres y abuelas, que esperaban pacientes, junto a la puerta trasera del CEIP. Lo normal es encontrarlas charlando en la puerta de entrada, guardando la cartera mientras sus hijos o nietos dan sus últimas carreras en el monopatín a la espera de que se abran las puertas de acceso al centro.

            En una mesa estaba sentada la conserja y les iba entregando, previo pago, un sobre a cada una de las que ya habían entregado la cartera y ahora eran porteadoras del monopatín.

            Mi curiosidad aumentaba al ver que aquella fila crecía. Sería cuestión de dar una vuelta más, para enterarme de la razón de la nutrida espera. No se demoró, pronto vi en un banco a dos de las que ya habían recogido el sobre, lo abrían y compartían ambas las fotos que les habían entregado.

            Misterio resuelto. Recogían las orlas con las fotos del grupo y una foto grande y dos de menor tamaño. Adjudiqué una de aquellas a cada abuela del niño y la grande la imaginé enmarcada entre la maraña de la estantería del cuarto del retratado.

            Al llegar a casa busqué la foto que añado a esta reflexión. Ninguna originalidad, el fotógrafo no se desplazó solo a Tortuera, seguro que todos los escolares de la década de los años cincuenta y sesenta —al menos— la tenemos.

            Mi reflexión en torno al número de fotos de los niños de hace ese puñado de años y las que se archivan de los actuales me la imagino, y sin imaginación, son diferencias abismales.

            Seguramente los padres del alumnado actual, ya las habrán escaneado y las añadirán al álbum digital del curso correspondiente.

            Esta nuestra, la guardó mi madre toda la vida en una caja de alpargatas. Maravillosamente cuidada para que ahora mi hermana y yo hayamos podido hacer nuestras copias.

            Nuestro álbum no era digital. Pasados muchos años, mi madre las fue guardando en un álbum, protegidas con el papel de seda, que era blanco, pero amarilleó con los años, se arrugó y las fotos se movían por la hoja a sus anchas, el pegamento había dejado de hacer efecto.

            Esta foto, no recuerdo que nadie la tuviera repetida, debía estar estudiado el que no fuera anual, sino una única vez a lo largo de la escolaridad. Las economías daban para lo que daban.

            Había más fotos de ocasión única. Las de la primera comunión. Para esa celebración se desplazaba al pueblo el Peco, fotógrafo oficial de la zona. Nos hacía a todos los comulgantes, acompañados del cura, los maestros y las niñas que se vestían de ángel, la foto de grupo en la puerta de la iglesia y luego había que hacer fila en la plaza para la fotografía individual. Igual que las de la escuela tenían de fondo el mapa, las de la primera comunión también tenían su modelo definido. Una figura que era  variable, podía ser la Virgen del Carmen o el Corazón de Jesús, dependía de quien prestara la imagen para el evento.

            De todos los años de escolaridad primaria, en nuestro caso, solo tenemos una foto de grupo. Una autentica reliquia y un archivo de sociología local bien descriptivo. Los cortes de pelo, los modelos de vestido, las posturas adoptadas, todo es el reflejo de unas circunstancias, las que tocaban. Una sociedad gris.

            Mi reflexión es que las fotos que nos hacían a los niños de hace seis y siete décadas, merecían la pena. Si no, nos habríamos quedado sin esta interesante aportación; las fotos actuales no tiene el mismo valor o lo tienen muy repartido. Ahora guardamos la imagen del más mínimo detalle y cuando se trata de niños, los detalles se multiplican.

            Coincidió que estaba leyendo «El infinito en un junco» de Irene Vallejo y acababa de subrayar una frase, por poco frecuente, se destacaba el reconocimiento que hizo Roma, tras la conquista de Grecia, del avanzado proceso de desarrollo que a nivel cultural tenían los vencidos. Es sabido, que a lo largo de la historia y puesto que siempre nos la han contado los vencedores, se ha visto, en muchas ocasiones, que estos han aprovechado los logros de los vencidos y, en pocas ocasiones, se ha reconocido el origen de ese aprovechamiento, que hacen suyo, como una conquista más.

            Supongo que quienes venden las bondades de conservar esas fotos de los compañeros, harán como los vencedores de siempre, aprovechar la idea sin reconocer el origen, igual no, ahora que, en teoría se da una valor añadido a lo antiguo, ojalá fuera algo más que teorizar sobre el tema; igual se toma ejemplo de Roma y buscan en las cajas de zapatos de quienes organicen las campañas fotográficas. Seguro que encontrarán las fotos de sus antepasados respaldados por el mapa y con unos libros sobre la mesa. ¿Podemos deducir, que «todo está inventado»? No, queda espacio y temas pendientes.

            Una vez más este hecho nos lleva a confirmar que hemos avanzado mucho, pero a veces, utilizamos de forma retórica recursos del pasado sin más objetivo o sin ser conscientes de que lo hacemos.

            En esta época de digitalización,  de deseo patológico de popularidad, considero que es más necesario que nunca cuidar el protagonismo que los niños pueden adquirir unido a esa sobreexposición que más pronto que tarde si no se cuidan los pasos desembocan en una necesidad patológica de estar presentes en los medios.

            Como cualquier proceso el equilibrio tiene que arraigarse en el entorno de cada familia. Sin lugar a dudas, los pequeños son protagonistas de la vida de su familia, necesitan ese apoyo, pero no debe ser desmedido para que no desemboque en el maldito síndrome de la presencia permanente en las redes.

Esta entrada tiene 4 comentarios

  1. Muy evocador el artículo y muy reconocibles las hermanas. ¿Quién no tiene una foto como esta? En mi caso tengo una con uno de los hermanos y otra en la que estamos tres. También tengo una en la que aparecen mi madre y su hermano.

    1. Muchas gracias por tu comentario y tu aportación

  2. Las pocas fotografías que nos hacíamos en aquellos años se solían guardar como si fueran un tesoro, de ahí su valor. La falta de medios ha sido una de las notas características de nuestra vida ya pasada.
    Bonito relato.
    Enhorabuena.

    1. En nuestros recuerdos quedan los posos de lo vivido

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