Procesión de las velas

Foto: Tortuera (Jesús de los  Reyes)

            Semana Santa evoca en mi memoria: vacaciones, iglesia, procesiones, monumento, velas, manchas de cera, música sacra, iglesia con imágenes tapadas, buñuelos, limonada, bacalao, garbanzada, huevos verdes, primeros días de sol primaveral, sonido de carraca, días sin música ligera; éstos son entre otros mis primeros  recuerdos asociados a  Semana Santa.

            El momento más tétrico, lo era hasta por el nombre: «Procesión del Entierro» y «Sermón de la Soledad».  Previo al sermón, que era el meollo de toda aquella parafernalia, se hacía una procesión para llevar a la ermita las imágenes que se habían subido a la iglesia para las diferentes celebraciones de la pasión. Entre todas ellas destacaba la imagen de la Dolorosa, por su solemnidad y el gesto de dolor que la caracterizaba.

            La procesión recorría calles mal iluminadas o en penumbra, todos los participantes llevábamos velas encendidas. Aquellas luces tenues creaban unos claroscuros en el ambiente, eran unos cambios irreales y anacrónicos que pasaban de una situación luminosa a otra de oscuridad y tiniebla. Se procesionaba por calles sin asfaltar, por tanto, se sorteaban desniveles, piedras y charcos si los días previos habían sido lluviosos.

            Para los niños era un momento de agitación, las velas se apagaban, íbamos a encenderla en la de quien la conservaba encendida, todo eso era un bullicio y una sensación de hacer algo prohibido, como era reírse y hacer jaleo, cuando esos días todo tenía que ser muestras de dolor. Todo era contradictorio. Las personas mayores nos regañaban, pero nosotros disfrutábamos.

            La procesión representaba el entierro, y las canciones que la acompañaban eran tristes y de arrepentimiento. Resonaba entre los leves contrastes lumínicos:

Perdona a tu pueblo Señor,
perdona a tu pueblo, perdónale Señor
No estés eternamente enojado
no estés eternamente enojado,
perdónale Señor.
Por las espinas que te punzaron,
por los tres clavos que te clavaron,
perdónale Señor.

            El punto culminante nos esperaba al llegar a la ermita. En ese momento no había risas ni luces a las que prestar atención, las palabras del sacerdote congelaban las risas de aquella niña que había corrido por las callejas, encendiendo y apagando velas. Qué poco debía entender de aquella soledad de la virgen y de aquel cuerpo yacente, al que continuamente hacía mención el oficiante, pero qué miedo me despertaba la situación y qué honda preocupación por ser buena y rechazar de cuajo el dolor que habían causado los hombres malos a la virgen y a su hijo.

            Terminado el sermón se iba desde la ermita cada uno a su casa. Las sinuosas y oscuras calles del recorrido, volvían a transitarse otra vez con las velas encendidas. Sin rezos y sin cánticos contritos. Sin el susurro de personas mayores, recriminando las carreras y el jolgorio. Atrás quedaba el momento dolor y pasión de las palabras que como auténticas flechas habían penetrado en mi ánimo.

            Otra vez la contradicción. Me sentía indecisa, pero había que disfrutar de la vela.

            Antes de marcharme a la procesión, en casa, como cada año, mi madre me había insistido en que cuidase mucho lo que hacía con la vela:

—Acuérdate de que el año pasado trajiste toda la manga del abrigo llena de cera y las manchas no he podido quitárselas.

            Al volver a casa iba a tener que sufrir otro nuevo sermón. Este sería diferente. Del primero le quedaba el miedo por el sufrimiento de la virgen, pero de éste, seguramente un castigo y el enfado de su madre,  porque  tenía manchas de cera, por todos lados.

—¡Cómo vienes! Fue el saludo de mi madre.

—Es que no se veía muy bien. Era todo lo que tenía que decir.

—¿Qué no se veía? — ¿para qué llevabas la vela?

            Me quedé sentada junto al brasero, todavía el frío estaba presente en nuestra paramera Molinesa. Pronto me iría a la cama y acurrucada en posición fetal, esperaría al sueño entre las dudas de si podrían quitarse las manchas de cera y el repiqueteo de las frases del sermón.

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