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Recuerdos de un interno pobre en el Instituto «Santo Tomás de Aquino»

Por Antonino López Malo

Estoy repasando la lista de asistentes a la comida que cada año celebramos los antiguos alumnos del Instituto Santo Tomás de Aquino (lo de Instituto Oficial de Enseñanza Media fue más tarde; su nombre era Centro de Patronato de Santo Tomás de Aquino y estaba regentado, entre otros, por La Común y también es conocido por “Los Escolapios”) y me vienen a la cabeza tantas cosas, que me he decidido a plasmar algunas que, seguro, a otros les harán recordar la época de su vida en la que empezaron a razonar, pensar, estudiar… vamos, a forjar el futuro que a todos nos esperaba con los brazos abiertos.

Lo primero que me sorprende ahora es la lejanía que había del pueblo a Molina: Llegabas a principio de curso (teníamos que llevar hasta el colchón) y no volvías a casa hasta Navidades, o sea, de trimestre en trimestre. Pensar que ahora los jóvenes de mi pueblo van al Instituto y vuelven cada día y nosotros, con menos años, de Octubre a Diciembre y tiro porque me toca… Y si su pueblo estaba muy cerca en Corduente, Ventosa o Rillo, iban y volvían en bicicleta. Eso sí, en invierno venían con chuzos en la nariz. Luego dicen que somos duros en la zona ¿Cómo no va a ser así, después de todas las peripecias pasadas?

Llegabas a clase y el profesor pasaba lista a las dos divisiones que había en cada clase: Primero, los externos, que llegaban todo repeinados desde su casa y, como si tuviesen un estrado en su área, nos miraban a los “pueblerinos” un poco por encima del hombro (vamos, lo que siempre han hecho los habitantes de Molina, que aunque viven de los pueblos de alrededor, parece que te hagan un favor); y después, a los internos, que también teníamos dos divisiones: Los que éramos de la zona y los recogidos de la diáspora, esos que habían dado vueltas por todos los colegios de la zona de donde eran y al final eran recogidos en nuestro internado, para “descanso” de sus padres.

Y la verdad, miro nombres y no nos ha ido tan mal. Veo abogados, agricultores, comerciantes, economistas, ingenieros, profesores y muchos, ahora, visitadores de obras y recaderos ocasionales. Quién lo iba a pensar de nosotros, después de que los domingos, cuando nos mandaban asistir a la Santa Misa, nos íbamos al Castillo, al Casino o al Mocambo, que tenía dos puertas y cuando el “Codes” nos buscaba por una, nos escapábamos por la otra.

¡Qué chollo era la Iglesia de San Martin, ahora en ruinas! Entrabas directamente desde el internado y te escapabas por la puerta de la calle. Y si no, a los futbolines o al cerro de Santa Lucía, a jugar a los pistoleros…

¿Y el internado? Me hace gracia que la generación anterior a la nuestra nos haya repetido que hasta que no ibas a la Mili no sabías nada. Pues no llevábamos nosotros poca Mili a los 15 años. Lo raro de este internado era que nos hacían la cama, cuando en cualquier otro te la tenías que hacer tú después del desayuno, pero en esto se acababan las prebendas, porque lo que es la comida, por llamarla de alguna manera… Aún recuerdo una vez que nos intoxicamos todos y el director del centro, Don Conrado, personaje pintoresco donde los haya: Grandón, cojo, bizco, tartamudo y estrafalario, cogió de la pechera al cocinero, Nicanor Heredia, Pifas de apodo, y le dijo: “Pi pi pifas, me me me los has envenenau”. La forma de comer un poco dignamente era meterte a camarero del comedor, te pagaban alguna perrilla y, además, siempre comías mejor.

Como en cualquier internado, se intentaba llevar una disciplina férrea, pero sólo eso: se intentaba, porque los de la diáspora se encargaban de que no existiese la tranquilidad casi nunca. “El Moya”, al que los de la zona le teníamos pánico, en cuanto le hacían frente unos hermanos de Valencia, salía por pies; el “Codes”, que se turnaba con “el Moya” en la vigilancia de los mayores, por la mañana aún controlaba, pero cuando le tocaba de tarde y ya había hecho su ronda de vinos… Más fácil lo tenían “el Chapas” y “el Zapatero”, que vigilaban a los pequeños. Si se ponían tontos, un par de capones y a callar.

Más tarde, añadieron un vigilante nocturno. Pobre hombre, lo que le “puteabamos”. Nos poníamos unos en una esquina del dormitorio y otros, en la otra, y no parábamos de llamarlo desde ambos lados, con lo que le volvíamos loco. Algunas veces nos hacía levantar y nos bajaba al estudio toda la madrugada; eso sí, como tenía que ir a dar vuelta al dormitorio, cuando volvía no encontraba a nadie y ¡ala!, a buscar…

Para controlar que te portabas bien, te daban una cartilla con 30 puntos y por cada pifia, te quitaban puntos según el tamaño de la trastada. Recuerdo que en primero me quitaron un punto y yo estaba acojonado. En COU, a la semana de estar, me quedaba sólo un punto y…  entré en la Secretaría, cogí otra cartilla y a seguir. Lo que hace la Mili… je, je, je.

Y los premios… En los primeros años que yo recuerdo, había un tablón de anuncios donde cada mes salía el alumno de cada curso que mejores notas había sacado. Luego llegaba el director y les regalaba entradas para ir el domingo al cine Aguilar, donde se distinguían tres zonas: patio, entresuelo y gallinero. Aún recuerdo los precios del mismo en el año 1966: Los domingos, 12 pesetas el patio, 10 la delantera del entresuelo, 8 el entresuelo y 6 el gallinero; el resto de los días, la mitad de precio ¡Menudo regalo! Una entrada de patio cuando yo tenía 150 pesetas para todo el trimestre, no sólo para entretenimiento, sino que también me tenían que llegar para los gastos de material escolar.

Y cómo no recordar los bocadillos de mejillones que se comían los de la diáspora en el bar “El Frontón” y su juego de la rana; las partidas del nueve en “Las Conchas” o los guiñotes y subastados de “La Granja”… Y la gramola del bar “Molina” donde los que querían ligar ponían a Camilo Sesto cuando la chica en cuestión venía de “Las Ursulinas” al instituto y el paseo bien surtido de bolazos de nieve en invierno, que hasta “La Teo” nos chillaba y encorría para que no le tiráramos nieve a las chicas.

El próximo sábado, 15 de junio, cuando a las 12:00 nos empecemos a concentrar en la puerta del Instituto (ahora centro de servicios polivalente) seguro que éstas y otras muchas historietas irán saliendo entre saludos y abrazos y eso de: “¿Te acuerdas cuando…?” Y tenemos la suerte de que, al hacer esta reunión todos los años, no llegamos y decimos: ¿Y tú, quién eres? ¿En qué curso estabas? Más bien, y con la edad que estamos alcanzando, igual empezamos a preguntar: ¿Cuántas pastillas tomas? ¿Qué te duele? Porque ya sabes, si a los 60 te levantas y no te duele nada, es que estás muerto. Pero la verdad es que estamos muy vivos y con muchas ganas de seguir repitiendo esta concentración mientras el cuerpo aguante.

Antonino López Malo

*** Antonino López Malo es natural de Tordesilos e Ingeniero de Telecomunicaciones. Su vida laboral ha transcurrido siempre en el mundo de la Informática, siendo el director de Comunicaciones y Microinformática del desaparecido Banco Zaragozano.

Actualmente cuenta 63 primaveras y está jubilado, pero cuando lo necesita, le echa una mano a su hijo, que también es Ingeniero y se dedica a las comunicaciones. La mayoría de las redes locales WiFi del Señorío las ha instalado él a través de su empresa «TEconecta».

Entre sus aficiones se encuentra andar, montar en bicicleta , leer, sobre todo, novela negra y jugar a las cartas, en especial, al guiñote.

Esta entrada tiene 5 comentarios

  1. Soy Rogelio Giner Ferrando, uno de los de la «diaspora», valenciano por mas señas (de Vallada), suscribo totalmente tu exiquísita crónica. Estuve durante 5 años del bachiller (de 1º a 5º) y como experiencia, magnifica. Todo son buenos recuerdos. Nunca entendí, cuando comentaba mi estancia en Molina, la coletilla posterior «vaya ficha que estarías hecho?». Allí aprendimos a ser Solidarios, Compañeros y crecer con valores. Tengo 63 años y recuerdo a mi compañero de pupitre «externo» Alvaro Hernandez Herranz, al inteligentísimo Angel Valero al super deportista Sainz, al vivo José Maria Merino al timidisimo «guarret» y tantos otros que dejaron una impronta en mi. Y como bien dices lo que aprendimos allí no cayo en saco roto, sigo activo como Boticario en Oliete(Teruel).

  2. Yo nací en Molina y viví hasta los 10 años, luego mis padres se trasladaron a Valencia, pero hasta los 20 los tres meses de verano los disfruté en mi pueblo.
    Hasta los 20 años, mis recuerdos son inolvidables y mis sentimientos siempre han sido estar en Molina y ese pensamiento a los 69 años siguen igual.

  3. Antonino, me ha encantado leer el artículo. Una puntualización, las monjas no eran «adoratrices», eran o Ursulinas o Clarisas, porque ahí también había dos divisiones. A ver si el próximo año puedo acudir. Un abrazo y saludos a todos los del encuentro.

    1. Mere, llevas razón; no entiendo mi lapsus ya que quería poner Ursulinas, que era el internado donde más chicas había. Voy a solicitar que lo cambien.
      Un beso

  4. Saludos compañero. Recordemos también los futbolines de Ladis,la Zona Verde que nos separo de las chicas y la gran sentada en los adarves negándonos a entrar en clase tras el recreo a pesar de las pitadas de los celadores. tantas y tantas que forman parte de nuestras vidas. De Don Conrrado ,recuerdo que con todos sus defectos físicos,era la persona mas Culta que yo he conocido,nos enseñaba lo que era un reactor nuclear y la bomba atómica, daba clase en su casa y desinteresadamente a quien lo necesitara. Para rematar, los dos versos de una poesía que recite el día del patrón antes de la foto de grupo ,estoy bajo el mástil de la guitarra. Molina donde dejo mis amigos. Molina ,yo …jamas te olvidare .
    No pudiendo asistir tampoco este año os deseo lo mejor con un abrazo. Gracias por poner las fotos y demás que os envié del baúl de mis recuerdos. Fernando Marina

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