BASES POLÍTICAS, ECONÓMICAS Y SOCIALES DEL ÉXODO RURAL EN LAS DÉCADAS DE LOS 50 Y 60.

Durante las décadas de los cincuenta y sesenta España vivió bajo una dictadura (1939-1975) sustentada en un partido único que mantuvo un férreo control contra todos los resortes de la sociedad española. El pueblo español cuando salió de la guerra se topó con la miseria y el sufrimiento, y los vencedores empezaron a pasar factura a los vencidos; era la hora de la revancha y el ajuste de cuentas, situación que se alargó demasiado en el tiempo. España se había quedado aislada internacionalmente, enmudecida y petrificada; la realidad se mostraba compleja y oscura, bajo un telón de fondo austero y mortificado por muchas carencias, principalmente económicas.

No es una cuestión baladí que la emigración masiva del campo a la ciudad se produjera bajo una dictadura, pues son bien conocidas las diferencias que existen entre los regímenes democráticos y los de corte autoritario y vocación totalitaria. En los primeros, cada cierto tiempo, el pueblo es llamado a decidir en comicios libres para escoger entre diferentes políticas y equipos para administrar la cosa pública. En los segundos, sucede lo contrario: el régimen imperante se eterniza en el tiempo, sin haber oposición  a las medidas que se implementan desde el Poder. Es la política del ordeno y mando, sin que importen las farsas electorales que de tiempo en tiempo se puedan organizar con fines meramente cosméticos.

En aquellos tiempos el ejército era la institución que constituía el andamiaje principal en la estructura del régimen. Era un firme garante del orden público, que marcaba la pauta del rechazo al separatismo, del comunismo y de la masonería, siendo esta última una obsesión continua del Caudillo, pues pensaba que estaba infiltrada por todos los rincones y como tal, era un gran perjuicio para España. El ejército vencedor de la guerra civil  mantuvo invariablemente  su inquebrantable adhesión al Régimen sin ningún tipo de fractura,  consumiendo  buena parte del presupuesto nacional.

La Falange era el movimiento político que orientaba en las cuestiones ideológicas; posteriormente se diluyó en lo que se llamó el “Movimiento  Nacional”, pero su fuerza e influencia fue decayendo, principalmente a partir de los años cincuenta. El falangismo disponía en su ideario político de rasgos propios, entre los que preponderaba su catolicismo. Decían que “España era una unidad de destino en lo universal” o “Tenemos voluntad de imperio…”, eslóganes, entre otros muchos que nos repetían constantemente a los estudiantes de bachillerato en las clases de Formación del Espíritu Nacional.

La Iglesia Católica estrechó una alianza fluida y sin fisuras con el “Nuevo Estado” surgido desde la terminación de la guerra y era la institución  orientadora en cuanto a moralidad, pureza de la fe y buenas costumbres se refiere, bajo los principios religiosos del nacionalcatolicismo. Se decantó claramente por Franco, habida cuenta que durante la II República había sido perseguida y,  en no pocas ocasiones, durante la guerra con verdadera saña e intolerancia. Las procesiones, las catequesis, los rosarios, los ejercicios espirituales, las misas dominicales tomaron protagonismo y el hecho religioso impregnaba la vida cotidiana de las personas, alejándose del espíritu laico y de las veleidades anticlericales de la época  republicana. Franco entraba bajo palio en las iglesias y su nombre era invocado en las homilías desde los pulpitos por parte de los curas. La Iglesia consolidó su posición en el sector de la enseñanza  por los privilegios que el régimen le otorgó. La asignatura de Religión era obligatoria en el Bachillerato, lo cual suponía un fuerte adoctrinamiento para los alumnos. Dicho adoctrinamiento consistía en cumplir fielmente los Diez Mandamientos, porque lo contrario era pecar y ser condenado al fuego eterno.  Es destacable que a raíz del Concilio Vaticano II, una parte de la Iglesia, la más combativa y progresista, se fue alejando de los postulados eclesiásticos iníciales de la posguerra, mostrando cierta actitud de disconformidad con el Régimen.

Dentro de la estructura del Poder había distintas familias políticas no institucionalizadas, cuyo punto de unión era la fidelidad al caudillo. Los monárquicos, divididos entre carlistas y donjuanistas( éstos últimos, partidarios de Don Juan, hijo de Alfonso XIII, quien nunca reinó, y siendo su hijo Juan Carlos I quien fue nombrado sucesor de Franco en 1967). Por otro lado, estaban los tecnócratas del Opus Dei, que fueron los artífices del Plan de Estabilización de 1959, plan que supuso para el país su salida del atraso y su consolidación como moderno y desarrollado aunque con bastantes carencias económicas todavía. Finalmente los franquistas puros, cuyo mayor representante fue Carrero Blanco y posteriormente Arias Navarro, ambos presidentes de Gobierno en distintas épocas, cuyas señas de identidad eran la adhesión incondicional e inquebrantable a los postulados del sistema, posicionados en Las Leyes Fundamentales del Movimiento Nacional. Tanto los monárquicos, como la Falange, como el Opus Dei o los franquistas puros- tan afines en ideologías como en ambiciones de poder-  constituían un espectro amplio de carácter conservador en el campo de la derecha que obraban casi a merced de sus antojos y ambiciones bajo la superficie del entramado político-social.

Esas Leyes Fundamentales  fueron aprobadas por Las Cortes el 17 de mayo de 1958, en medio de huelgas estudiantiles y obreras. Sus principios doctrinales establecían entre otros muchos los siguientes: la unidad nacional, el acatamiento a la ley de Dios  formulada por la Iglesia, el deber del Ejército de defender la unidad e integridad de la Patria, la subordinación del interés particular al bien común, la participación política a través de la familia, del municipio y del sindicato, etc,etc. Las Cortes tenían un colorido ciertamente exótico, pues el hemiciclo estaba cuajado de indumentarias eclesiásticas  y uniformes militares y falangistas, junto a las túnicas amplias y los turbantes abultados de los representantes de las provincias del Sahara y Sidi Ifni.

Después de la segunda guerra mundial se impone cierto giro en las directrices del Régimen, ya que al ser derrotado el bando alemán e italiano que conformaban los ideales de Franco, el cambio se hacía necesario e imprescindible para que España saliera del aislamiento internacional y entrara en la década de los cincuenta en instituciones como la ONU, la FAO, la UNESCO o el FMI. España seguía arruinada, famélica, aislada del exterior y al borde de la quiebra, mientras el resto de países europeos recobraban cierta normalidad y se recuperaban diligentemente.

 Desde el punto de vista internacional las décadas de los cincuenta y sesenta son recordadas por multitud de hechos, eventos y personajes que transformaron el mundo para siempre, hechos como la llegada del hombre a la luna, la Guerra Fría o la aparición de grupos como los Beatles que cambiaron la historia de la música. Los jóvenes de aquellos años tenían las canciones de los Beatles como banda sonora de su vida. Eran un icono de la canción protesta, cantando sobre sus emociones, sobre el amor, la tristeza, la melancolía, con un ímpetu contestatario en todos los espectáculos que realizaban. Personajes como  los Beatles, los Rolling Stones, o movimientos como el Mayo parisino del 68, siempre críticos con el presente que les tocó vivir, un presente que se regía por los tiempos del catecismo, marcaron la cultura y las sociedades occidentales de aquella época, rompiendo con los códigos imperantes y anquilosados de tiempos pasados.   

España en 1950, con 27 millones de habitantes, era un país eminentemente agrícola, con más del 50%  de la población trabajando en el sector primario. Era una sociedad esencialmente rural y esa ruralidad se manifestaba en todos los aspectos del día a día. La prensa escrita era un claro ejemplo de esa ruralidad que se respiraba en el país, donde sólo se hacía caso a las esquelas mortuorias y a los anuncios publicitarios, que muchos eran del siguiente tenor: “Se vende una cabra con cría ya de destete y cogida del macho. Para verla y tratar”, o aquel otro: “  Se venden cincuenta ovejas  machorras y quince por parir”, o “Se necesita sirvienta cuarentona  para el señor párroco de…”, o “Se halla vacante la plaza de sacristán en la villa de …, con el haber  anual de novecientas pesetas, diez fanegas de trigo, cinco medias de cebada y treinta celemines de centeno. Tratar con el señor Alcalde”. La férrea censura y el dirigismo estatal habían castrado la vida intelectual y artística del país hasta límites inconcebibles.

En 1953 se firman los Pactos de Madrid con los EEUU, a través de los cuales España cede a los americanos el asentamiento de  bases militares en el territorio nacional a cambio de contraprestaciones económicas y ayudas para escapar del aislamiento exterior. En el contexto de la guerra fría, en su lucha contra el imperio soviético y el comunismo, las autoridades estadounidenses consideraron a España un enclave geoestratégico importante dentro del mapa de Europa. El carácter dictatorial del Régimen lo hacía incompatible con los principios democráticos en que se inspiraban el resto de países occidentales. Las formas autoritarias supusieron la marginación de la ayuda  del Plan Marshall (1948-1952), que habría contribuido a la recuperación económica, pues no se puede olvidar que la pobreza marcó aquellos años, sin apenas coberturas sociales en medio de una gran penuria de las familias, acostumbradas a luchar contra la escasez. Las cartillas de racionamiento se suprimieron en 1952.

En 1957 se produce un cambio de gobierno que fue clave en la nueva orientación de la política económica, dejando atrás la vieja política autárquica que tan nefastos resultados había ocasionado. Se sustituyeron los falangistas de camisa azul por los tecnócratas del Opus Dei de camisas blancas y almidonadas. Corría un chismorreo por aquellos años, y por tanto algo no verificable, que hacía referencia a ese cambio:”el imperio hacia Dios”, viejo lema falangista se mutó “por el dinero de Dios”, haciendo alusión a los fervientes partidarios y seguidores de San José María Escrivá de Balaguer. Decae la España macho, falangista, de espíritu castrense, y empieza a tomar protagonismo en el Poder la España de la Prelatura de la Iglesia Católica que ayuda a los cristianos a buscar la santidad en su trabajo y en sus actividades ordinarias.

Después de los años del hambre de la década de los cuarenta, entrando en  la década de los cincuenta, los españoles empiezan a vislumbrar cierta luz al final del túnel. El horizonte aparecía cada vez más despejado, aunque seguían las penurias. Conforme entramos en la década de los sesenta, al botijo, al porrón, al coñac y al anís, se agregan el Cola-cao, la Coca-cola, el whisky, las neveras, las televisiones, las cocinas de butano y el producto estrella, el SEAT 600. Aparecen por primera vez las fregonas con cabo de palo y los primeros Chupa Chups con palito.

El Cola-cao fue lanzado al mercado en 1950 con el objetivo de cambiar el sabor de la leche para que supiera a cacao. Era muy famoso el anuncio publicitario que decía:”Yo soy aquel negrito del África Tropical…”. Hoy seguramente esta publicidad estaría catalogada como racista, pero en aquellos tiempos no se andaba con tanta sensiblería.

La Coca-cola empezó a producir en España en 1953, “la chispa de la vida” que decía la publicidad de la época, pero sólo las clases acomodadas se podían permitir el lujo de consumirla porque valía dos pesetas cuando la gaseosa nacional costaba treinta céntimos, y tardaría bastantes años para llegar al mundo rural. Los chavales del pueblo nos peleábamos por los cromos de futbolistas que venían adheridos a la gaseosa de La Casera. Estábamos aún muy lejos del desenfreno consumista que hoy tanto nos seduce.

  También se empezó a fabricar en Madrid la Vespa en 1953, una moto de fácil manejo que redujo bastante los problemas de movilidad, con carreteras muy deficientes, pródigas en curvas y cuestas, y muchos caminos de cabras. Las personas situadas en la cima del Poder y en los aledaños hacían negocios privados y realizaban pingues beneficios al compás de la mayor industrialización del país. A Don Cristóbal Martínez  Bordiú, el yerno de Franco, lo apodaban el VESPA, porque supuestamente se beneficiaba  con un negocio de importación de Vespas. Se hacían chistes, diciendo que VESPA significaba: Villaverde Entra Sin Pagar Aduanas.

La televisión española empezó a emitir en 1956 desde el Paseo de la Habana de Madrid, pero será a finales de los sesenta cuando empiece a popularizarse en los hogares españoles porque para la inmensa mayoría de la gente es un lujo tener acceso a un televisor y, además, en los inicios sólo tenía un radio de emisión de sesenta kilómetros. Los televisores tenían un coste equivalente al sueldo de un obrero de un año y esa cuantía no estaba al alcance de cualquier bolsillo. Conforme iba pasando el tiempo  la televisión, en torno a la cual se reunía toda la familia, se fue convirtiendo en un autentico medio de comunicación de masas, lo que se tradujo en una mayor sedentarización. Tuvo un gran impacto social que transformó nuestras vidas. En los comienzos de la televisión, todas las noticias de los acontecimientos nacionales eran beneficiosas y alentadoras, enalteciendo los valores y logros del Régimen, y aireaban negativamente cualquier información que procediera del exterior, particularmente si venía de un país comunista. Se decían incluso barbaridades que no respondían en absoluto a la realidad, como aquella que afirmaba que Stalin estaba en comunicación directa con el diablo.

El SEAT 600 se comercializó desde  junio de 1953 hasta 1973, todo un ejemplo que denotaba una imagen de pujanza de la industria nacional, y con el paso de los años se convirtió en  un símbolo de aquellos tiempos  que ha quedado para siempre en el imaginario colectivo. Costaba aproximadamente 70.000 pesetas  de la época, toda una fortuna, que no todo el mundo se podía permitir. Los trabajadores de la fábrica SEAT, ubicada en la Zona Franca de Barcelona se despidieron del último seiscientos con una sensacional pancarta: “Naciste príncipe y mueres rey”.

Los tecnócratas del Opus Dei, a través de un conjunto de medidas bien instrumentadas en el Plan de Estabilización de 1959, cambiaron la estructura económica del país, alcanzando altas tasas de crecimiento e integrando nuestra economía en el contexto internacional. Apoyaron la entrada de capital extranjero, eliminando el proteccionismo y el intervencionismo estatal. Las altas tasas de crecimiento económico conseguidas, llegando  al 7% de media anual, supusieron un cambio de signo para el país que nos adentró en el principio de una sociedad  más desarrollada y más abierta. La transformación económica produjo un acercamiento a los niveles y estándares europeos, sin cambiar lo más mínimo los presupuestos políticos que sustentaban el Régimen. 

El cambio económico producido en la década de los sesenta supuso un cambio en la estructura social y en la mentalidad de las gentes. Surge con fuerza una incipiente clase media urbana, inexistente en años anteriores. La clase obrera experimentó una mejora en sus niveles de vida y en sus salarios, aunque en el medio rural se siguió con ciertas estreches económicas. Fue una generación que se dejó la hiel en el trabajo y postergó su confort para la generación siguiente, la de sus hijos. La profecía de José Antonio Primo de Rivera empezaba a cumplirse como decía El Cara al Sol: “España empieza amanecer”. Los signos del progreso eran evidentes. En 1963 se creó la Seguridad Social.

En aquellos años se decía que los ordenadores no tenían futuro. Thomas J.Watson, presidente de IBM, la empresa tecnológica más importante en ese momento, vaticinaba que no había mercado para más de cinco computadoras en todo el mundo(a tenor de lo visto, parece que erró en su pronóstico).

España evolucionaba a velocidad de vértigo. Aparecieron  las suecas en las playas mediterráneas para lucir sus cuerpos esculturales en la arena, y las minifaldas se prodigaban por doquier en el territorio nacional. Era la transformación de un país muy cerrado a otro más abierto. El duro franquismo iba perdiendo la furia inicial de la inmediata posguerra y la Dictadura iba suavizándose aunque muy lentamente. Los niños del mundo rural de aquel entonces  vimos esos cambios en las pocas televisiones que había.

En aquellos tiempos circulaba un chiste en el que la mujer de Franco le decía al general: “Paco, hay que ver cómo ha mejorado la vida de los españoles desde que tú los gobiernas”. Franco le respondía: “Sin ir más lejos, mira cómo vivíamos nosotros antes y cómo vivimos ahora”. Los partidarios del Régimen atribuían la mejora del país a los desvelos y el buen gobierno del Caudillo, pero mucha gente pensaba que aunque todo es susceptible de empeorar, habíamos llegado a una situación tan desafortunada y tan mala que lo lógico era que tuviera que mejorar.

El éxodo rural a las grandes ciudades en las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado fue un fenómeno sociológico de gran calado, que se produjo bajo un telón de fondo político dictatorial, con unos cambios económicos  trascendentales que provocaron grandes transformaciones sociales, produciéndose problemas de asimilación e integración de las personas que emigraron del campo a la ciudad, y deteriorándose ecosistemas medioambientales, sobre todo en zonas de montaña, con el consiguiente aumento de la contaminación en las grandes ciudades. Ese gran cambio sociológico, acompañado del boom turístico, primero se produjo en las ciudades, al compás de una mayor industrialización, y posteriormente se fue introduciendo en ese mundo rural que paulatinamente se iba despoblando, bajo la crisis de la agricultura tradicional, hasta llegar al momento actual en el que ese mundo rural está en franca decadencia y en un proceso de extinción.

Las grandes ciudades españolas, diseñadas como Polos de Desarrollo, crecieron  y se modernizaron a ritmos enloquecidos, bajo el pretencioso eslogan de “España es diferente”, bajo el paraguas de calculadoras voluntades políticas. Mientras las zonas rurales del interior se fueron  secando demográficamente como el árbol al que se le niegan el sol y el agua, en un escenario de precariedad y desigualdad, como si fuera una fatalidad inapelable. No fueron cuestiones de coyuntura de una época, sino un verdadero problema estructural que venía de atrás, formando parte de las tramas del pasado.  

A pesar de los signos del progreso a nivel nacional de aquellos años, los pequeños pueblos del interior peninsular quedaron al margen de las medidas del Plan de Estabilización de 1959, y consecuentemente  al margen de inversiones de capital nacional e internacional, situación que les produjo incapacidad para crear cierto dinamismo económico que hubiera aprovechado las nuevas tecnologías y el capital humano endógeno. En ese contexto es entendible su nula competitividad con actividades económicas de bajo valor añadido. Dicha circunstancia motiva, en la economía globalizada en la que estamos inmersos, la falta de oportunidades laborales en el mundo rural, que explica los movimientos masivos migratorios del campo a la ciudad, tanto pasados como presentes, y seguramente futuros.

JOSÉ  RAMIRO  GARCÍA.

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